Si Cristo tuvo en la oración su fuente de poder, y otro tanto ocurrió en la experiencia de sus discípulos, ¿qué menos podría pasar hoy en nuestra propia vida? Son tantos los beneficios que proporciona el hábito de orar, que sería incomprensible que un creyente que dice amar a Dios no cultivara este privilegio de vivir en diálogo y en sintonía con el Señor.

Veamos algunos de los múltiples beneficios de la oración:

  1. Nos amista con Dios. Nos hace sentir acompañados por él. Ahuyenta toda posible soledad del corazón. Y al crecer así nuestra amistad con el Señor, más deseamos convivir con él.
  2. Nos llena de paz. Si tenemos ansiedad, depresión o angustia, nuestra relación con Dios nos inunda de paz. Nos da calma interior, dominio propio y equilibrio emocional.
  3. Nos da seguridad. Quita los temores del corazón y nos ayuda a sentirnos más confiados. Nos da la certeza del cuidado protector de Dios y nos aleja del peligro.
  4. Nos da fortaleza espiritual. Así actúa la oración: nos hace fuertes para rechazar la tentación y el mal circundante. Vence nuestros desalientos y debilidades personales.
  5. Nos ayuda a conocernos mejor. Nos lleva a examinar nuestra vida para detectar nuestras necesidades, con el fin de presentarlas luego ante Dios. El solo examen de nuestra vida interior nos ayuda a crecer psicológica y espiritualmente.
  6. Nos enseña a ser agradecidos. La verdadera oración no sólo tiene la finalidad de pedir, sino también de reconocer y agradecer las bendiciones del Altísimo. En realidad, ¡siempre deberíamos sentir y expresar gratitud a Dios!
  7. Nos cambia el carácter. Eleva nuestros pensamientos, mejora nuestras decisiones y renueva nuestro modo de ser. Quien ora con sinceridad y con fe, abriéndole su corazón al Señor como a su mejor amigo, embellece y perfecciona su carácter.

Fuente: “Todavía existe esperanza”, Enrique Chaij, Pág. 57