La Biblia nos dice acerca del día de la crucifixión de Jesús lo siguiente: “Y estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena… Entonces los judíos, por cuanto era la víspera de la Pascua, para que los cuerpos no quedasen en la cruz en el sábado, pues era el gran día del sábado, rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas y fuesen quitados” (S. Juan 19:25-31, versión Reina-Valera antigua).

 

Acompañando a la virgen María estaba su hermana, otra piadosa israelita seguidora de Jesús y también María Magdalena, la que vendía su cuerpo por dinero, pero que fue rescatada por el amor perdonador de Jesucristo e incorporada al reino de Dios.
Era la víspera de la Pascua, pues coincidían o se encontraban dos grandes sábados: el sábado de la ley ceremonial, o la Pascua, y el sábado del cuarto mandamiento de la ley moral. Era un día de reposo doble: uno que apuntaba a Cristo como el Salvador de la humanidad y el otro a Cristo como el Creador de la tierra y todo lo que en ella existe, y al hombre y el sábado milenario en el reino de Dios.
En el libro de Lucas podemos leer lo siguiente: “Y era día de la víspera de la Pascua; y estaba por rayar el sábado. Y las mujeres que con él habían venido de Galilea, siguieron también, siguieron también y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo. Y vueltas, aparejaron drogas aromáticas y ungüentos; y reposaron el sábado, conforme al mandamiento” (S. Lucas 23:54-56, versión Reina-Valera antigua). Podemos comprobar mediante el texto anterior que estas mujeres: la virgen, su hermana y María Magdalena no eran las únicas mujeres piadosas que acompañaron a Jesús hasta el suplicio.
También se menciona a otras mujeres como Juana y María, madre de José, y Salomé y “otras muchas” (ver S. Marcos 15:40, 41; S. Lucas 8:1-3). Junto con la bienaventurada virgen hay una constelación de mujeres piadosas que siguieron al Salvador hasta la hora de su muerte en la cruz. Todas estas mujeres, incluyendo a la virgen María, eran temerosas de Dios, conocedoras de la ley y los profetas y guardadoras del sábado. Es por eso que en algunos conventos se le ha llamado al sábado el Día de la Virgen, porque la virgen guardaba el sábado. El evangelista dice que lo guardaron conforme al mandamiento. ¿Dónde está el mandamiento?
CONFORME AL MANDAMIENTO
¿Dónde está y qué dice el mandamiento? En el Monte Sinaí, cuando Dios sacó a su pueblo de la cautividad pecaminosa de Egipto les dio el sábado.. En el Sinaí Jesucristo proclamó el séptimo día como día de reposo (“sábado” significa reposo) y el Espíritu santo lo escribió en la primera tabla de la ley. El Espíritu Santo es el “dedo de Dios” que escribió en el Antiguo Pacto la ley que representa el carácter de Dios y en el nuevo la escribe en las tablas de carne del corazón del que ha nacido del agua y del espíritu. El mandamiento dice: “Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás tus obras, pero el séptimo día es día de descanso, consagrado para Yavé, tu Dios, y no harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que esté dentro de tus puertas: pues en seis días hizo Yavé los cielos y la tierra, el mar y cuanto en ellos se contiene, y el séptimo día descansó; por eso bendijo Yavé el día del sábado y lo santificó” (Exodo 20:8-11, versión católica Nácar-Colunga).
La virgen María y todas las mujeres piadosas seguidoras de Jesús como el Mesías, observaban el cuarto mandamiento de la inmutable Ley de Dios. Rigurosa y concienzudamente guardaban el sábado conforme al mandamiento. Notemos que los evangelistas, inspirados por el Espíritu Santo, le siguen llamando sábado al séptimo día; y primer día de la semana al día que hoy se llama domingo.
En el Nuevo Testamento no hay confusión alguna, ni posibilidad de extravío por parte del creyente obediente. La virgen y todas las mujeres piadosas estaban en la verdad, amaban la verdad y rechazaban el error como abominable para el alma. Ellas no pudieron haber guardado el primer día de la semana, o el día del sol, solis invictus, Sunday. Ellas eran israelitas, hebreas, celosas de la ley y los profetas, amantes del Reino de Dios, sin mezcla alguna de tradiciones y mandamientos humanos. La herejía no era parte de sus creencias. Las costumbres religiosas de Babilonia, Egipto, Grecia y Roma no tenían parte en la vida espiritual de estas santas mujeres. Todas las mujeres cuyas vidas giraban alrededor del Salvador, guardaban por la fe los mandamientos de Dios. En este caso específico, la virgen María y todas las santas mujeres guardaban el sábado. Esto es históricamente cierto, bíblicamente demostrable y una verdad rigurosamente incontrovertible. (véase Génesis 2:1-3 con Exodo 20:8-11)
LA VIRGEN COMO MAESTRA
Al estudiar la vida piadosa de Jesucristo encontramos que el historiador Lucas nos dice sobre su costumbre piadosa, espiritual y normativa: “Y vino a Nazaret, donde había sido criado; y entró, conforme a su costumbre, el día del sábado en la sinagoga, y se levantó a leer” (S. Lucas 4:16, versión Reina-Valera antigua). Aquí encontramos dos cosas de máxima importancia en el camino de nuestra espiritualidad y de María como educadora: (1) Cristo guarda el sábado. (2) Cristo sabía leer.
La pregunta válida es la siguiente: ¿Quién le enseñó a guardar el sábado y quién le enseñó a leer? La virgen le enseñó a guardar el sábado y le enseñó a leer. A los doce años el adolescente divino conocía toda la Ley de los profetas como para discutir con los sabios y dejarlos atónitos de admiración. Sin duda que la virgen hizo un trabajo maravilloso en desarrollar, como mentora extraordinaria, a aquel niño y joven que sería “la Luz del mundo”. Ella conocía las Sagradas Escrituras y se las enseñó a su hijo.